Chapsui sobre la vereda

Tenía tantas ganas de comer comida china.
No quería llegar a casa, para qué.
A veces doy vueltas tras cualquier excusa para dilatar el momento de ese giro de llaves en la puerta y el saludo incomodamente educado, a veces con respuesta y otras tantas no.
Sólo bajo el manto de sábanas y frazadas y en la oscuridad que ellas me ofrecen, se siente alivio.
Esa noche comí y bebí más de lo suficiente.
No fui buena compañía, no lo soy.
Noche de paz , noche de amor.
Bebo un trago más.
Paz, amor.
Queda algo más de vino, y no siento alivio.
A veces se siente bien, pero esta vez no siento nada.
Tomo más rápido, quiero efectos.
Y nada, sólo un agolpamiento de visceras que trato de controlar, tal como lo hago con el de angustias.
Ya en la parada, vuelve. Y esta vez respiro hondo. No me importa mucho lo que me pasa, ahora siento algo de alivio.
Sobre la vereda yacen penosamente resabios de esa noche y de mi procesión.
Y estupidamente fantaseo que sea una limpieza de parte de todo.
Ya estoy ante esa puerta. No me importa nada. Parece que hace efecto.
Saludo educadamente, me responden.
Busco ansiosamente el refugio de mi covacha.
Ya es de día, y es tarde, vuelvo a la calle.
A los pasos por la calle y divagaciones tras el vidrio de la micro,mi contradición se acaba: no debiera hacerlo, pero asumo que así estaré más conforme. Las perlas se pueden compartir aunque no sea en el momento ni con el público indicado, que al final siempre quedará insatisfecho. Ambivalencia, siempre será así. Amor -Odio.
Noche de paz, noche de amor.
Mis visceras recuerdan la vereda, sólo vacío. Y tenía tantas ganas de comer comida china, como de que todo saliera bien.
Actúo, quizás masoquistamente, pero segura al fin y al cabo de mi personaje.
Se siente cómo el vacío que se va llenando y logramos que por al menos esta noche frente a la mesa haya algo muy cercano a la paz.
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